Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Así fue como llegó la hora de mi atardecer; es preciso que lo confiese. Pero ¡qué se le va a hacer! Separémonos amistosamente. ¡Oh juventud mía, llena de ligerezas! Te agradezco bien los placeres, las tristezas, los dulces sufrimientos, el barullo, las tempestades, los festines; por todos tus favores te doy las gracias. En la inquietud y en la tranquilidad te he gozado y estoy plenamente satisfecho. Con el alma pura emprendo hoy un nuevo camino para descansar de la vida pasada.

Voy analizarme. Perdonadme, paredes entre las que transcurrieron mis días en la soledad, llenos de pasiones y de sueños de mi alma pensativa. Y tú, joven inspiración, atormenta mi imaginación, aviva la somnolencia de mi corazón; visítame más a menudo, no permitas que mi alma de poeta se haga cruel, dura y, por fin, se vuelva de piedra en la mortal embriaguez del mundo en medio de los orgullosos sin alma, en medio de los brillantes estúpidos; entre los maliciosos inconscientes y sin voluntad, los niños mimados, los malhechores divertidos y aburridos, los jueces pegajosos y necios; entre los serviles, las diarias escenas mundanas, las tradiciones tiernas y corteses; entre las frías sentencias, la perversa frivolidad, la lamentable futilidad, los cálculos, los pensamientos y las conversaciones; en esta agua estancada, en donde me baño con vosotros, queridos amigos.


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