Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin —¿Le conoces?
—Sà y no.
—¿Por qué entonces te refieres tan mal a él? ¿Acaso porque de costumbre juzgamos todo asÃ, porque la inconsciencia y el orgullo de las almas fogosas nos ofenden o nos parecen ridÃculos, o por no comprender que tales seres necesitan horizontes más amplios, o tal vez porque a menudo nos gusta tomar las conversaciones como hechos consumados? ¿Quizá porque ignoráis que las futilidades son del agrado de la gente mediocre? ¿O porque no tenemos el suficiente valor para reconocer que tan sólo lo vulgar no nos extraña ni nos asusta? ¡Afortunado quien fue joven desde su primera juventud! ¡Afortunado quien maduró a su debido tiempo, quien supo resistir el frÃo que viene con los años y no se entregó a extrañas ilusiones! ¡Afortunado quien no se alejó de la sociedad, quien a los veinte años era un presuntuoso galán y a los treinta supo casarse provechosamente! ¡Quien a los cincuenta supo liberarse de sus deudos y conseguir con paciencia la gloria y el dinero; aquel del que todo el siglo dice: «Fulano es un hombre honrado»!