Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Hoy día introduzco por primera vez la musa en una reunión mundana, contemplando con recelo sus rústicos encantos. A través de la apretada fila de aristócratas, militares presumidos, diplomáticos y damas orgullosas se desliza ella, se sienta silenciosamente y mira esta multitud turbulenta, el esplendor de los trajes y de las conversaciones, la llegada pausada de los invitados ante la joven ama de casa, rodeada, cual cuadro, por un marco de caballeros. Le gusta la extraña parodia de las conversaciones alegóricas, la frialdad del sereno orgullo y esta mezcla de jerarquías y años.
Pero ¿quién es aquel que está silencioso y triste en medio de la distinguida multitud? Parece desconocido de todos. Las figuras pasan delante de él como una fila de fantasmas importunos. ¿Qué revela su rostro, el esplín o tal vez un sufrimiento oculto? ¿Por qué se encuentra aquí? ¿Quién es? ¿Es posible que sea Eugenio? ¿Es posible que sea él? Sí, justamente, él es. ¿Hace mucho que ha vuelto entre nosotros? ¿Sigue siendo el mismo o se ha apaciguado? ¿Continúa haciéndose el original? Decid, ¿bajo qué aspecto se nos presenta hoy día? ¿Cómo un Melmoth, un cosmopolita, un patriota, un Childe Harold, un cuáquero…, quizá con alguna otra máscara? ¿Tal vez ahora será sencillo y bueno, como tú, lector, y como yo, como todo el mundo? En todo caso, esto último es lo que le aconsejo yo. Bastante engañó y se burló del mundo.