Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Yo me tomé por ley el obedecer tan sólo a las pasiones, y, compartiendo mis sentimientos con la multitud, conduje a mi musa en medio del barullo de los festines y de las discusiones. Ella, concediéndoles sus dones, jugueteaba cual joven servidora de Baco, cantando en los brindis y entre la alegre juventud que la seguÃa tumultuosamente, mientras yo me sentÃa orgulloso de mi frÃvola amiga.
La fatalidad me alejó de nuevo de aquellos lugares, pero mi musa me siguió. ¡Cuántas veces, durante mis pesados viajes, me distrajo con el misterio de sus cuentos féericos! ¡Cuántas veces galopó junto a mà por las rocas del Cáucaso, cual Leonora[55], a la luz de la luna! ¡Cuántas veces, estando en Táuride, en las tinieblas de la noche, me llevó a orillas del mar para escuchar el rumor de las olas, murmullo eterno de las nereidas, himno inmortal del Creador.
Olvidándose de la lejana ciudad, de su barullo y de sus espléndidos festines, visitó en el desierto de Moldavia las humildes tiendas de las tribus nómadas. Entre ellos olvidóse del lenguaje de los dioses y adoptó los dialectos extraños de las canciones de las estepas, tan queridas de su corazón. De pronto, todo cambió como por encanto y he aquà que se presenta en mi jardÃn disfrazada de señorita provinciana, con triste mirada en los ojos y un libro francés en la mano.