Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Eugenio, segundo Kaverin, temÃa a los crÃticos envidiosos; era un pedante en el vestir, y lo que nosotros llamarÃamos un petimetre. Se pasaba, por lo menos, tres horas delante del espejo y salÃa del tocador semejante a la Venus si, ataviada de traje masculino, la diosa se dirigiese a un baile de máscaras. En la Europa actual, entre la gente educada, el arreglo de las uñas no parece una tarea pesada.
Entreteniendo vuestra mirada curiosa, yo podrÃa describir aquà su traje a la última moda. Claro que esto serÃa atrevido, mas describir es mi asunto. Pero en ruso no existe ninguna de estas palabras: pantalón, frac, chaleco; lo reconozco y me excuso, pues ya sin esto mi pobre estilo podrÃa contener menos palabras extranjeras, aunque haya consultado el diccionario académico.
Ahora no es éste nuestro objeto; es mejor, corramos deprisa al baile, adonde va Onieguin en una carretela de alquiler. Los dobles faroles del coche forman arco iris en la nieve, y a lo largo de la dormida calle irradian alegremente su luz sobre las casas apagadas. Súbitamente brilla una soberbia casa, toda rodeada de lamparillas; en los ventanales se divisan sombras, perfiles de damas y de famosos donjuanes. He aquà a nuestro héroe, que se acerca a la entrada, pasa delante del portero, sube los escalones como una flecha, se alisa el pelo con una mano y entra.