Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Me gustaría pintar un cuadro exacto del solitario gabinete en donde Onieguin, alumno ejemplar de la moda, se viste, se desviste y se vuelve a vestir. Todo lo que vende Londres, meticuloso en los abundantes caprichos, y que a través de las olas del Báltico nos trae a cambio de madera y tocino. Todo cuanto en París un gusto ávido inventa para el entretenimiento, el lujo y lo superfluo de la moda, todo adornaba el cuarto de este filósofo de dieciocho años. Pipas de ámbar de Constantinopla, objetos de porcelana y bronce sobre la mesa, delicias para los gustos refinados, perfumes en frascos de cristal, peines, limas de mesa, tijeras rectas y torcidas, treinta clases de cepillos para las uñas y para los dientes.

Rousseau, me permito anotar de paso, no podía comprender cómo el serio Grim se atrevía a limpiarse las uñas en su presencia; pero en este caso el insensato y elocuente defensor de la libertad y de los derechos se equivocaba completamente. Se puede ser un hombre activo y pensar en el cuidado de las uñas al mismo tiempo. ¡Para qué discutir con nuestro siglo inútilmente! La costumbre es déspota entre los hombres.




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