Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Ya está lleno el teatro; resplandecen los palcos; el parterre y la platea burbujean; en el impaciente gallinero aplauden. Al levantarse el telón, aparece Itsomina[8], brillante y vaporosa, rodeada de ninfas y obediente al mágico arquillo del violÃn. Con un pie roza apenas el suelo, con el otro gira lentamente; de pronto da un salto y un instante después vuela como el plumón a los sones de Eolo. Su esbelto talle se cimbrea mientras bate una pierna con otra. Todos aplauden. Onieguin entra y se abre paso entre las butacas, pisando de continuo. Dirige los impertinentes hacia los palcos de las damas desconocidas, recorre con la mirada todos los pisos; no le gustan las caras ni los atavÃos. Por todos lados saluda a caballeros, con displicencia echa una mirada a la escena, da la vuelta, bosteza y piensa: «Ya es hora de variarlos a todos: he soportado durante mucho tiempo el ballet; pero hasta Didlo me cansa».
En la escena saltan todavÃa los amores, demonios y serpientes…
La gente no termina de patalear, toser, sisear, aplaudir. En los vestÃbulos dormitan los lacayos, envueltos en sus pellizas; por todas partes brillan faroles; los caballos, arrecidos, piafan, cansados de la espera, y los cocheros, alrededor del fuego, insultan a sus amos y dan palmadas. Pero ya salió Eugenio; va a su casa para cambiarse de traje.