Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Ya oscurece; se sienta en el trineo, se oye el grito del cochero: «Cuidado, cuidado»; un polvillo helado platea su cuello, de castor. Corre hacia el «Tolón»; está seguro de que allí le aguarda Kaverin[5]. Al entrar, un corcho salta hasta el techo, liberando el vino, que brota cual cometa. Le sirven un roastbeef ensangrentado, trufas, lujo de los años juveniles, y el mejor aspecto de la cocina francesa: el inmortal pastel de Estrasburgo, el queso de Limburgo y la dorada piña. La sed pide más copas, quiere apagar el ardor de la grasa de las croquetas; pero un toque les avisa que el nuevo ballet ha empezado. Mordaz legislador del teatro, admirador voluble de las encantadoras actrices, respetable ciudadano de los bastidores, Onieguin volaba al teatro donde cada cual, respirando la crítica, está a punto de aplaudir el entre-chat, silbar Fedra o Cleopatra, llamar a Moina[6] por el mero gusto de lucirse. ¡Fantástico mundo! Allí, en los viejos tiempos, brillaron Fonvisen[7], amigo de la libertad y poseedor de la sátira atrevida, y su imitador Kniagnin; allí Ozerov compartió las lágrimas y los aplausos de los espectadores con la joven Semionova; allí nuestro Katenin resucitó el elevado género de Corneille; allí se representaron las numerosas comedias de Chajovcki; allí nació la fama de Didlo; allí, entre bastidores, transcurrieron mis años juveniles. ¡Diosas mías! ¿Qué es de vosotras? ¿Dónde os halláis? Escuchad mi triste llamada. ¿Seguís siempre iguales? ¿Otras doncellas, sustituyéndoos, lograrán reemplazaros? ¿Escucharé de nuevo vuestros coros? ¿Volveré a contemplar la danza sutil de la Terpsícore rusa? Pero tal vez mi mirada cansada no encontrará en la escena aburrida caras conocidas, y, fijando en este mundo ficticio los desilusionados impertinentes, espectador indiferente de la alegría, me pondré a bostezar en silencio y a recordar el pasado.


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