Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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El pecho de Diana y las mejillas de Flora son encantadores, queridos amigos; sin embargo, la piernecita de Terpsícore tiene más encantos para mí, promete a la mirada una recompensa inapreciable, atrae con su belleza ideal los más caprichosos deseos; la quiero, amiga Elvina, bajo el largo mantel de la mesa, sobre el verdor de los prados en primavera, ante el hierro de la chimenea en invierno, en el suelo de la sala encerado como un espejo, al lado del mar, en la roca de granito. Me acuerdo del mar antes de la tormenta. ¡Cómo envidiaba a las olas que corrían impetuosas a tenderse con amor a sus pies! ¡Cuánto deseaba yo entonces rozar con mis labios sus lindos pies al par que las olas! No, nunca en los ardientes días de mi juventud fogosa deseé yo con tanto sufrimiento besar los labios de Armida, las rosas ardientes de sus mejillas o sus lánguidos senos. ¡No, nunca desgarró tanto mi alma el ímpetu de la pasión! Recuerdo otros tiempos, a veces en secretos ensueños, sujeto a la dicha por el estribo, y siento la piernecita entre mis manos. Mi imaginación hierve de nuevo, su roce enciende la sangre de mi corazón marchito y vuelve el tedio, el amor… Pero basta ya de glorificar bellezas altaneras con mi lira charlatana; no son dignas de las pasiones ni de los cantos que inspiran sus palabras encantadoras, y sus miradas engañan igual que sus piececitos.



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