Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Onieguin estaba decidido a visitar conmigo todos los países desconocidos; pero el destino nos separó muy pronto por mucho tiempo. Por aquel entonces murió su padre; delante de Eugenio se reunió un regimiento de avarientos acreedores. Como cada uno tiene su inteligencia y su manera de reaccionar, Eugenio, que odiaba los pleitos, se encontró con su suerte; les entregó la herencia, no viendo en ello una gran pérdida o previendo desde lejos la muerte de su tío. Efectivamente, de pronto recibe una carta del intendente anunciándole que su tío está en cama muriéndose, y que le alegraría despedirse de él. Después de leer el triste mensaje, Eugenio se puso en camino apresuradamente, bostezando de antemano y dispuesto, por el dinero, a los suspiros, al aburrimiento y al engaño. Y aquí empecé yo mi novela. Pero al llegar al pueblo ya encontró a su tío sobre la mesa mortuoria, preparado como un obsequio para la tierra. En el patio había una multitud de sirvientes; de todas partes llegaban, para ver al muerto, sus amigos y enemigos, así como los frecuentadores de entierros. Enterraron al difunto; los curas y los invitados comieron y bebieron, y después se retiraron gravemente, como si se hubiese tratado de un negocio.