Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Dueño completo de los talleres, aguas, bosques y tierras, he aquí a nuestro Onieguin convertido en provinciano, muy contento de haber cambiado la antigua ruta de su vida. Durante dos días, la soledad de las praderas, la frescura del bosque sombrío, el susurro del tranquilo riachuelo le parecieron algo nuevo; al tercer días, el bosquecito, el monte y los campos ya no le entretuvieron; más tarde le dieron sueño; después vio claramente que hasta en el campo reina el mismo aburrimiento, aunque no haya calles, ni palacios, ni cartas de amor, ni bailes, ni versos. La jandra le seguía, siempre en guardia, como si fuese su sombra o una fiel esposa.

Yo, sin embargo, había nacido para la tranquilidad del campo. En la soledad resuena mejor la voz de mi lira, adquieren más vida mis ensueños de creador, me consagro a inocentes placeres, vago por las orillas del lago solitario y el dolce far niente es mi ley. Cada día me despierto para la dulce indolencia, leo poco, como mucho y no corro tras la gloria. ¿No es así como pasé mis años dichosos de juventud en la tranquilidad y el reposo? ¡Flores, amor, aldea, prados, ocio, os quedo consagrado con toda mi alma!




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