Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Estoy contento de encontrar siempre diferencias entre Onieguin y yo, porque así, ni el lector burlón, ni el ingenioso editor, podrán calumniarme al ver aquí sus rasgos, diciendo que he pintado mi retrato como Byron, el orgulloso poeta. ¡Como si me fuera posible escribir un poema sobre cualquier persona que no sea yo mismo! Diré de paso que todos los poetas son amigos del amor soñador. A veces soñaba con lindos objetos, mi alma guardaba su imagen secreta y después la musa les daba vida. Así, indolente, canté en mis poesías a la doncella de las montañas, mi ideal más elevado, y a las cautivas de los bordes del Salguir.

Ahora oigo a menudo de vosotros, amigos, esta pregunta: «¿Por quién suspira tu lira? ¿A qué damisela envidiosa dedicaste tu canto? ¿Qué mirada, impresionada con tu inspiración, recompensa tu pensativa melodía con una tierna caricia? ¿A quién han divinizado tus versos?». ¡Amigos, palabra de honor que a nadie! Yo he experimentado sin alegría alguna el terrible tormento de la pasión. ¡Dichoso el que lo une al ardor de la rima! Con esto aumenta el delirio sagrado de la poesía; siguiendo a Petrarca y colmando las torturas del corazón, alcanzó, entretanto, la gloria; pero yo, cuando amaba, tornábame tímido y mudo.



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