Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Se estableció en aquel ambiente sosegado, en el que el antiguo dueño mató moscas, regañó con el ama de llaves y miró por la ventana durante cuarenta años. Todo era sencillo: el suelo de roble, los dos armarios, la mesa, el diván de plumas; pero era imposible encontrar la mínima mancha de tinta. Onieguin abrió los armarios; en uno encontró el libro de las cuentas; en otro, un verdadero regimiento de licores, jarros con sidra y un calendario del año mil; el anciano, siempre muy ocupado, no había consultado nunca más libros que éstos. Solo en medio de sus posesiones, al principio, para pasar el rato, pensó Eugenio en establecer un nuevo orden. En su desierto, el sabio solitario sustituyó el yugo de la antigua barchina[15] por un sencillo obrok[16], y el siervo bendijo al cielo. Sin embargo, uno de sus vecinos, calculador y avaro, se enfadó con él, viendo en esto un mal terrible; otro sonrió astutamente, y todos sin excepción, acordaron a coro que era un chiflado peligroso.
Al principio iban todos a visitarle; pero en cuanto vislumbraba sus coches caseros a lo lejos del camino real, mandaba que le ensillasen su caballo del Don y salía por la puerta trasera. Ofendidos por tal acto, todos rompieron su amistad con él. «Nuestro vecino es un ignorante, un chiflado, un masón, y bebe vaso tras vaso de vino tinto, no besa la mano a las señoras y habla a la manera moderna». Tal era la opinión general.