Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Cantantes del ciego arrebato, en vano nos comunicáis en las elegÃas vuestras impresiones sobre las travesuras juveniles; en vano las vÃrgenes, que son discreción, escuchan atentamente los sonidos de la dulce lira, fijan en vosotros cariñosas miradas, sin atreverse a empezar la conversación; en vano le gusta a la frÃvola juventud celebraros en los festines; ella guarda en el corazón y en los labios la tierna dulzura de los versos que, venciendo su timidez, murmura al oÃdo de las doncellas avergonzadas. Con sonidos y palabras vacÃas sembráis la maldad viciosa. Cantantes del amor, decid vosotros mismos, ¿cuál es vuestro oficio? No os coronarán ante el Juez Palas, no obtendréis recompensa; la posteridad no os reconocerá. ¿Es decoroso para un altivo poeta el ocuparse de industria? Pero os son más gratas, lo sé por experiencia, las lágrimas mezcladas de sonrisas; habéis nacido para la gloria femenina; no os importa el murmullo; me dais lástima y me sois simpáticos; no sois como el severo Lenski, cuyos versos las madres ordenaron, desde luego, leer a sus hijas.