Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Loaba el amor puro y dócil, y su melodía era clara como el espíritu de la joven sencilla como el sueño de un recién nacido, como la luna, diosa del secreto y de los dulces suspiros en el tranquilo desierto del cielo. Cantaba la separación y la tristeza, un «algo», la brumosa lejanía y las románticas rosas. Cantaba los lejanos países en los que sus lágrimas ardientes corrieron en silencio. Cantaba el marchito color de la vida casi a los dieciocho años. En aquel desierto, donde sólo Eugenio podía apreciar sus dotes, no le gustaban los festines de los señores; huía de sus ruidosas tertulias, de su conversación prosaica sobre la siega, el vino, los perros y los parientes, en las que, naturalmente, no brillaban por la sensibilidad, ni el fulgor poético, ni siquiera por la más elemental noción de arte. La charla de sus lindas esposas era mucho menos interesante aún. Rico, de buen tipo, Lenski era recibido en todos sitios como un posible pretendiente; tal es la costumbre en los pueblos. Todos querían casar a sus hijas con aquel vecino medio ruso; en cuanto entraba él, la conversación giraba en torno al aburrimiento de la vida de soltero; le llamaban junto al samovar, y Dunia servía el té, mientras sus familiares le murmuraban: «Pon toda tu atención». Después, traían la guitarra y, ¡Dios mío!, se ponía a chillar: «Ven a mi palacio dorado».