Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin El adolescente, seducido por Olga, no conocía aún los tormentos del corazón; conmovido, era testigo de sus juegos infantiles; a veces hasta participaba en sus diversiones; los vecinos, los amigos y sus padres ya los destinaban al himeneo. En aquel ambiente rústico, lleno de inocente encanto, ante los ojos de su familia, florecía ella cual lirio escondido en la hierba profunda e ignorado de mariposas y abejas. Ni la tonta de raza inglesa, ni la voluntariosa mademoiselle —que hasta ahora han sido indispensables a causa de las reglas de la moda— mimaron a la linda Olga; Fedeevna, con débil mano, mecía su cuna, la cuidaba, hacía su camita, la enseñaba a rezar, y por la noche le contaba cuentos de Bovu[18] y, de cuando en cuando, la mimaba.