Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Ella regaló al poeta los juveniles entusiasmos del primer ensueño, y, pensando en ella, nació la inspiración del primer lamento en su lira. ¡Adiós los dorados juegos! Él se puso a buscar la profundidad del bosque, la tranquilidad, la noche, las estrellas y la luna; la luna, lámpara del cielo, a la que dedicamos el paseo entre las tinieblas nocturnas, y las lágrimas, consuelo de los secretos tormentos. Pero hoy día sólo vemos en ella a la sustituta de los faroles mal encendidos. Siempre modesta y obediente, alegre como la mañana, sencilla como la vida del poeta, agradable cual beso de amor, de ojos azules como el cielo, Olga poseía todos los encantos: la sonrisa, los bucles dorados, los movimientos, la voz, el talle esbelto; mas coged cualquier novela, y encontraréis, seguramente, su retrato. Es muy lindo, y antes también me gustaba a mí; pero ahora me cansa muchísimo. Permitidme, lector, que me ocupe de la hermana mayor.