Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Su hermana se llamaba Tatiana. Al principio, tal nombre aclara las primeras páginas de una dulce novela. ¿Y qué? Es agradable, sonoro; pero a él está ligado el recuerdo de la antigüedad o de las muchachas. Todos tenemos que reconocer nuestra falta de gusto en nuestros hombres —no vamos a hablar de los versos—; la instrucción no se nos ha transmitido; sólo nos ha comunicado maneras afectadas, y nada más. Y asÃ, llamábase Tatiana; no atraÃa por la belleza, como su hermana, ni por la lozanÃa de sus mejillas. Salvaje, triste y callada, cual asustada gacela del bosque, parecÃa una extraña en su propia familia; no sabÃa prodigar caricias a su padre y a su madre; de pequeña, no querÃa jugar con los otros niños, ni saltar, y muchas veces se pasaba el dÃa entero sentada a la ventana, sola y silenciosa. El ensueño, su amigo desde los primeros dÃas de su infancia, adornó de ilusiones su apacible vida campestre. Sus delicados dedos no conocÃan la aguja, no se plegaban sobre el bastidor ni animaban la tela con bordados de seda. En general, el deseo de mandar se conoce por el sÃntoma siguiente: la niña, al jugar con la muñeca, se prepara a las conveniencias, a las leyes de la sociedad, y repite gravemente las lecciones de su mamá. Pero ni siquiera a esta edad las manos de Tatiana cogieron las muñecas; no hablaba con ellas de las noticias del mundo, ni de la moda. Las travesuras infantiles le eran desconocidas; preferÃa escuchar, en la oscuridad, en las noches invernales, relatos espantosos, que seducÃan su corazón. Cuando la niania[19] reunÃa en la vasta pradera a todas las amiguitas de Olga, no jugaba con ellas a las gorelki[20]; le aburrÃan sus risas chillonas y el ruido de las diversiones atolondradas. Le gustaba esperar en el balcón la salida del sol, ver cómo en la palidez del cielo desaparecÃan las estrellas a la luz del alba, y poco a poco se iluminaba el borde de la tierra, y el mensajero de la mañana llegaba al soplo del viento. En invierno, cuando la sombra nocturna se apodera durante tanto tiempo de medio mundo, y cuando el Oriente duerme perezosamente en ocioso silencio, ante la luna opaca, se despertaba a la hora habitual y se levantaba a la luz de las bujÃas.