Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Muy pronto se aficionó a las novelas, que la compensaban de todo; se enamoró de los engaños de Richardson y de los de Rousseau. Su padre, hombre bueno, aunque ya retrasado para el siglo pasado, no veía en los libros mal alguno; como no los leía nunca, pensaba que eran juguetes frívolos, y no se preocupaba de saber qué tomo secreto dormitaba hasta la mañana bajo la almohada de su hija; en cuanto a su esposa, le encantaba Richardson. Le gustaba, no porque leyese a este autor ni porque prefiriese Grandison a Lovelace, sino porque en tiempos pasados su prima de Moscú, la princesa Paulina, le había hablado a menudo de ellos. En aquella época, su esposo no era más que su novio, y ella suspiraba involuntariamente por otro que, por su inteligencia y su corazón, le gustaba mucho más; su Grandison era un simpático pisaverde, jugador y sargento de la guardia. Lo mismo que él, ella iba siempre vestida a la última moda y con gusto. Pero, sin pedir su consejo, condujo al altar a la joven; el sensato marido se la llevó muy pronto a su finca, en donde, al principio, y rodeada por gente que Dios sabría quiénes eran, ella lloraba, se afligía, se quería escapar, y estuvo a punto de separarse del esposo. Después, empezó a ocuparse de su casa; se acostumbró, y se puso contenta (la costumbre nos es concedida desde arriba para suplir la dicha); el hábito dulcificó su incurable dolor. Pronto un gran descubrimiento la consoló del todo; entre los quehaceres y el reposo halló el secreto para mandar a su antojo a su marido, y desde entonces todo marchó a pedir de boca. Ella se ocupaba de los trabajos, preparaba para el invierno conservas de setas, llevaba la cuenta de los gastos, castigaba a los criados cortándoles el pelo, pegaba a los sirvientes cuando se enojaba, y los sábados iba a los baños; todo esto sin consultar con su marido.