Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin —¡Ah!, escucha, Lenski: ¿no podrÃa conocer a esa Filis, objeto de tus pensamientos, de tus lágrimas, de tu rima, etcétera? Preséntamela.
—¡Tú bromeas!
—No.
—Me alegro.
—¿Cuándo me la presentas, entonces?
—Ahora mismo, si quieres; ellas nos recibirán con gusto.
—Vamos.
Los dos amigos marcharon al galope; llegaron, les prodigaron amabilidades, según la hospitalidad de antaño, que a veces parece pesada. Se hizo la ceremonia de los manjares rituales; trajeron platitos de mermelada, pusieron en la mesa el jarro con agua de frambuesas…
Por el camino más corto galopan los dos amigos, a rienda suelta, hacia casa. Ahora vamos a sorprender su conversación con cuidado.
—Bueno; ¿qué, Onieguin? Pero ¿bostezas?
—Es por costumbre, Lenski.
—Parece ser que hoy te aburres algo más que de costumbre.