Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—No, de la misma manera; pero me parece que ya está oscureciendo en el campo. ¡Más deprisa! ¡Arre, arre, Andrychka! ¡Qué parajes tan desolados! A propósito: Larina es una viejecita sencilla y muy simpática. ¡Oh!, me temo que el agua de frambuesa va hacerme daño. Y, a propósito, dime: ¿cuál de ellas es Tatiana?

—Aquella que estaba triste y callada, como Svetlana, y que a nuestra llegada su fue a sentar junto a la ventana.

—¿Es posible que estés enamorado de la pequeña?

—¿Qué tiene de particular?

—Si fuera poeta, como tú, escogería a la otra. No hay vida en las facciones de Olga: es igual que una madona de Van Dyck; su cara es redonda y sonrosada, como la de esta luna estúpida en este desolado firmamento.

Vladimir le contestó secamente, y después guardó silencio durante el resto del camino.

Entretanto, la aparición de Onieguin en casa de los Larin hizo gran impresión y distrajo a todos los vecinos. Corrió adivinanza tras adivinanza; todos se pusieron a charlar, bromear, juzgar sin miramiento, y destinaron un novio a Tatiana; algunos hasta aseguraron que la boda ya estaba decidida, pero que se aplazaba porque no habían encontrado sortijas a la moda. En cuanto a la boda de Lenski, hace tiempo que la habían decidido.


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