Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Tatiana escuchaba con pesar tales habladurías; pero en secreto, con inconfesable alegría, pensaba en ello, y en su corazón germinó la idea, cual grano que cae en la tierra y es reanimado por el fuego de la primavera. Llegó su hora, se enamoró. Hacía mucho tiempo que su imaginación, consumiéndose en languidez y aburrimiento, ardía deseosa de fatalidad: hacía mucho tiempo que la tristeza de su corazón le oprimía el pecho; el alma esperaba a alguien. Y llegó la realización; se le abrieron los ojos, y dijo: «¡Es él!». Ahora, el día, la noche, el sueño ardiente solitario, todo está lleno de él; todo habla de él sin cesar a la linda doncella con mágico poder. Le cansan el sonido de las cariñosas palabras, la mirada solícita de la sirvienta, y, sumida en la tristeza, no escucha a los invitados; maldice su inoportuna llegada y su prolongada estancia. Ahora, ¡con qué atención lee las dulces novelas de amor! ¡Con qué vivo placer bebe el engaño seductor! Su imaginación poderosa da vida a los héroes: al amante de Julia de Wolmar, a Melek-Adel, a Linar, a Werther, mártir apasionado, y al incomparable Grandison —que hoy tan sólo produce sueño—. Se juntaron todos para la dulce soñadora en una sola imagen; se unieron en Onieguin. Se figuraba ser la heroína de sus queridísimos autores: Clarisa; Julia; Delfina; Tatiana vaga en la tranquilidad del bosque con el libro peligroso. En él busca y encuentra su secreto ardor, sus sueños, los frutos de su corazón; suspira, se atribuye el entusiasmo, la tristeza de estos personajes, y en el olvido de su soledad construye mentalmente la carta para el simpático héroe. Nuestro protagonista, sea quien fuese, no es, desde luego, ningún Grandison.