Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡Ay, amigos! Pasan los años, y con ellos se suceden, una tras otra, por turno variado, las frÃvolas modas. ¡Todo ha cambiado en la Naturaleza! En otros tiempos, los lunares y los miriñaques estaban en boga; el cortesano presumido y el acreedor llevaban peluca empolvada. En ocasiones, los delicados poetas, en espera de gloria y alabanzas, componÃan madrigales o ingeniosas coplas; a veces, un buen general que servÃa a su patria con valentÃa era analfabeto. Otras veces, el fogoso creador, afinando las sÃlabas al estilo pomposo, nos presentaba a su héroe como un dechado de perfección, alentando el ardor de una pura pasión siempre a punto de sacrificarse por el ser querido injustamente maltratado, de alma sensible, inteligente y de rostro atrayente. En la última parte, invariablemente, acababa siempre coronada la virtud y castigado el vicio. Pero hoy en dÃa los cerebros están perdidos en la niebla, la moral nos da sueño, el vicio se nos hace simpático hasta en la novela, donde triunfa. La inverosÃmil musa británica atormenta el sueño de la adolescencia, cuyos Ãdolos son ahora: el pensativo Vampiro; Melmoth, el sombrÃo vagabundo; el JudÃo Errante; el Corsario, o el misterioso Sbogar. Lord Byron, por capricho afortunado, transforma el egoÃsmo extremista en triste romanticismo.