Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Amigos míos, ¿veis en ello algún bien? Tal vez, por voluntad divina, dejaré un día de ser poeta; en mí se establecerá un nuevo espíritu, y, sin hacer caso de las amenazas de febo, me rebajaré hasta la dócil prosa. Entonces la novela, a la manera antigua, entretendrá el alegre ocaso de mi vida. No describiré las secretas torturas de la perversidad; contaré sencillamente la historia de una familia rusa, los encantadores sueños de amor y las costumbres de antaño. Narraré las sencillas conversaciones del padre o del anciano tío, los encuentros de los niños concertados en los viejos tilos o cerca del riachuelo, los tormentos de los desgraciados celos, la separación, las lágrimas de la reconciliación y nuevas disputas para conducirlos, en fin, a la boda. Recordaré el lenguaje de la pasión melancólica, las palabras del triste amor que en días de mi pasado me venían a los labios, a los pies de mi amada, y de las cuales ya me desacostumbré.
¡Tatiana, linda Tatiana!, ahora lloraré contigo, caíste en las manos del tirano de moda, le entregaste tu destino. ¡Parecerás, querida!; pero ya antes quieres con ciega esperanza, llamas a la triste dicha, conoces la indolencia de la vida, bebes el mágico veneno del deseo; los ensueños te persiguen, en todos sitios crees ver refugios para deliciosas entrevistas, en todos lados aparece ante ti tu fatal tentador.