Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin La nostalgia del amor conduce a Tatiana; va al jardín a calmar su pena; de pronto se para, mira a un punto fijo, le da pereza seguir el camino; su pecho se agita, sus mejillas se cubren de vivo carmín, su respiración expira en los labios, sus ojos brillan y los oídos le zumban. Llega la noche; la luna vigilante recorre la lejana bóveda del cielo, y el ruiseñor, en la oscuridad de los árboles, comienza sus cantos sonoros. Tatiana no duerme, y habla bajo con su niania: «No puedo dormir, me sofoco; abre la ventana y siéntate a mi lado».
—¿Qué te pasa, Tania?
—Me aburro; háblame de la antigüedad.
—¿De qué, Tania? Yo antes guardaba en mi memoria no pocas leyendas sobre los malos espíritus y los jóvenes; pero hoy en día todo me parece entre brumas: lo que sabía se me olvidó, y llegó la mala época.
—Niania, cuéntame algo acerca de tus pasados años; ¿estabas enamorada entonces?
—¡Qué va, Tania! En aquella época no oíamos hablar de amor; de lo contrario, mi suegra hubiera sido capaz de matarme.
—¿Pero cómo te casaste, niania?