Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—Como Dios manda; mi Juan era más joven que yo, vida mía, y yo no tenía más que trece años. Durante dos semanas anduvo la casamentera por la casa de mi madre; al fin, el pope me bendijo. Yo lloraba amargamente de miedo, mientras me despeinaban las trenzas y me conducían, cantando, a la iglesia. Así me introdujeron en una familia extraña; pero tú no escuchas.

—¡Ay, niania, estoy afligida; me aburro, estoy a punto de llorar!

—Hija mía, tú estás enferma. ¡Dios nos asista y nos salve! Pide lo que quieras; deja que te rocíe con agua bendita; estás ardiendo.

—Yo no estoy enferma; yo…, sabes, niania, estoy enamorada.

—Pequeña mía, ¡Dios sea contigo!

La niania, rezando, persignaba a la niña:

«Yo estoy enamorada», murmuraba ella a la viejecita, con amargura.

—Nena de mi corazón, tú estás enferma.

—Déjame; estoy enamorada.

Entretanto, la luna riela, y con débil luz alumbra la pálida faz de Tania, sus cabellos sueltos, sus lágrimas y el banco en el que está la viejecita junto a la heroína, con un pañuelo sobre sus blancos cabellos y una amplia telogreika[27]. El alma de Tatiana volaba lejos mirando a la luna. De repente nació una idea en su cerebro.


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