Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—Vete, niania, déjame sola. Dame papel, pluma y acerca la mesa. Me acostaré pronto; adiós.

Hela aquí sola. Todo está en silencio; la luna la baña con su débil luz. Recostada, escribe; en su cerebro no existe nada más que Eugenio, y la irreflexiva carta de la joven exhala su inocente amor. Ya está la carta escrita, plegada.

«¡Tatiana!, ¿para quién es?».

Ahora tengo que disculpar a mi Tania. Preveo que el crítico envidioso dirá en un círculo mundano: «¿Será posible que no hayan inculcado a la pensativa doncella, de antemano, las conveniencias que hay que adoptar?».

Por otra parte, el poeta tampoco tiene razón. ¿Es posible que en la primera entrevista se haya enamorado ella de Onieguin, que éste la haya seducido? ¿Qué inteligencia, qué habla pudieron de repente cautivarla? Espera, amigo mío; ya te lo diré.

Conocí bellezas inaccesibles, frías y puras como el invierno, inexorables, incorruptibles, inconcebibles para el cerebro; me admiraba de su orgullo a la moda, de su virtud nativa, y confieso que huía de ellas; me parecía leer con espanto, encima de sus cejas, este cartel:

«Abandona para siempre la esperanza».


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