Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Inspirar amor es para ellas una tonterÃa; asustar a la gente es una alegrÃa. Tal vez a orillas del Neva visteis a semejantes damas. Observé a otras caprichosas que, entre los obedientes admiradores, escuchaban orgullosas e indiferentes los suspiros apasionados y las alabanzas. Ellas asustaban al tÃmido amor con dura conducta y luego sabÃan atraerlo de nuevo, aunque no fuera más que por compasión. Por lo menos, al joven amante, en su ciega credulidad, parecÃale que el son de la voz era en ocasiones más dulce, y entonces corrÃa tras la linda frÃvola.
Pero a vosotras, coquetas de profesión, yo os quiero aunque esto sea un pecado. Las sonrisas, las caricias, las prodigáis a todos, en todos fijáis amables miradas, y a quien no crea las palabras le aseguráis un beso; quien os quiere es libre y triunfa. Antes también yo me ponÃa contento con una mirada de vuestros ojos; ahora os respeto. Enfermo por la frÃa experiencia, yo mismo estoy dispuesto a ayudaros, pero como por dos y duermo toda la noche.