Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¿De qué es culpable Tatiana? ¿Acaso porque con inocente sencillez no ve el engaño? ¿Acaso porque ama aún sin artificios, obediente a la inclinación de sus sentimientos, porque es tan crédula, porque fue dotada por el cielo de revoltosa imaginación, cerebro y voluntad firmes, corazón sensible e inflamable? ¿Es posible que no le perdonéis la ligereza de sus pasiones? ¡Oh jóvenes! Vosotras, que amasteis sin el permiso de vuestros padres y guardasteis vuestro sensible corazón para las tiernas sensaciones, la alegría, la dulce indolencia; vosotras, que arrancasteis a escondidas el lacre de la carta secreta del amante, o que tímidamente entregasteis en manos osadas el bucle sagrado, o hasta aceptasteis, todas llorosas con inquietud en la sangre, un beso tembloroso de amor en el momento de la despedida amarga. No critiquéis con dureza a mi bella Tatiana, no repitáis con indiferencia la decisión de los jueces afectados. En cuanto a vosotras, jóvenes sin tacha, a quienes hay asusta tanto como el invierno la conversación del vicio, os aconsejo lo mismo. ¿Quién sabe? Tal vez también os consumiréis de tristeza fogosa, y mañana el frívolo rumoreo añadirá al héroe de moda una nueva conquista de amor.