Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin La coqueta razona con sangre frÃa: Tatiana quiere de verdad y se entrega al amor como una niña dócil. No se dice: «Lo aplazaré, asà tendrá más valor mi amor y podré atraerlo con más seguridad a mis redes; primero picaré su vanidad con esperanzas, después le torturaré el corazón con irresoluciones, más tarde le avivaré con celos; si no, el astuto cautivo, cansado de gozar, estará deseando soltar las cadenas». Preveo todavÃa una dificultad: sin duda alguna, tendré que traducir la carta de Tatiana para salvar el honor de mi patria. Ella sabÃa mal el ruso, no leÃa nuestras revistas y hablaba con dificultad su lengua natal; por eso escribÃa en francés. ¡Qué se va a hacer! Os digo nuevamente que hasta hoy dÃa el amor de una dama no se confiesa en ruso; nuestro orgulloso idioma no se presta a la prosa corriente. Observaréis, cerebros serios, que para el farfulleo ajeno hemos despreciado mucho el tesoro de nuestra lengua natal; nos gustan las obras de las musas extranjeras y no leemos nuestros libros. Pero ¿en dónde están? Dádnoslos. Los sonidos del Norte acarician naturalmente mi oÃdo, acostumbrado a ellos; mi espÃritu eslavo los ama; con su música se calman las torturas de mi corazón. Pero el poeta sólo aprecia los sonidos. ¿Dónde, pues, encontraremos las primeras nociones y las primeras ideas? ¿Dónde verificaremos el destino del mundo? Ni en las salvajes traducciones ni en las creaciones retrasadas, en las que la inteligencia y el espÃritu ruso repiten lo que ya se sabe y mienten por dos. Nuestros poetas, o traducen, o se callan. Un periódico está lleno de alabanzas empalagosas, el otro de crÃticas mezquinas, todos dan ganas de bostezar y casi traen sueño. ¡Bueno es el Selicon ruso!