Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Sé que ahora quieren obligar a las damas a leer en ruso; verdaderamente, me da miedo: no me las puedo representar con el Blagonamereni[28] en manos. Me refiero a vosotros, poetas míos. ¿No es verdad que las lindas damas a las que escribíais versos y a las que entregabais vuestro corazón no dominaban el ruso, y que por esto lo deformaban tan graciosamente? En sus labios, ¿no se habrá vuelto vulgar el idioma extranjero?
¡Dios me libre de encontrarme en un baile, o en el vestíbulo, cuando se despiden los invitados, a un seminarista con su chal amarillo, o a un académico con su gorro! No me gustan los labios ardientes sin sonrisas, ni tampoco el idioma ruso sin faltas gramaticales. Tal vez para mi desgracia, las bellezas de la generación futura, haciendo caso de las revistas, nos acostumbrarán a la gramática y a escribir versos correctos. Mas, a mí, ¿qué me importa? Yo seré fiel a la tradición.
La charla insulsa y descuidada, la pronunciación incorrecta del lenguaje despertará, nuevamente en mi pecho la inquietud del corazón. No tengo fuerzas para arrepentirme de ello: los galicismos me parecerán agradables, igual que los pecados de la juventud pasada, igual que los versos de Bogdanovich[29].
Pero basta; ya es hora de que me ocupe de la carta de mi hermosa Tania. He dado mi palabra. ¿Y qué? ¿Estaré a punto de retirarla? Yo sé que la tierna pluma de Parny hoy día no está de moda.