Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡No, esto no era un sueño! En cuanto tú entraste, te reconocí; al instante, atónita y ardiendo, pensé en mí: «Este es él». ¿No es verdad? Yo te oí, tu hablaste conmigo en el silencio, cuando ayudaba a los pobres o trataba de calmar con rezos la tristeza de mi alma atormentada. Y en este mismo instante, ¿no eres tú, aparición querida, la que, pasando por la transparente oscuridad, te inclinas silenciosamente a mi cabecera? ¿No fuiste tú quien me murmuró con alegría y amor palabras de esperanza? ¿Quién eres? ¿Mi ángel, mi protector, o un pérfido tentador? Resuelve mis dudas; tal vez todo esto sea un simple engaño de un alma inexperta, que está predestinada a todo lo contrario. Pero que ¡así sea! Onieguin, te confío mi suerte, derramo lágrimas ante ti, suplico tu defensa. Figúrate: yo estoy sola; aquí nadie me comprende; mi razón está agotada; tengo que perecer silenciosamente. Te espero; con sólo una mirada avivas las esperanzas de mi corazón o deshaz el profundo sueño, ¡ay de mí!, con merecido reproche. Termino; me da miedo volverla a leer. Me hiela el terror y la vergüenza. Pero conozco vuestro honor y en él confío con ánimo.