Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Tatiana suspira, la carta tiembla en su mano, la pastilla rosa se seca en su ardiente lengua, la cabecita se inclina hacia el hombro, la camisa se escurre ligeramente de su hombro encantador. Mas ya se apaga el resplandor de la luna; allá a lo lejos, a través de la neblina, clarea el valle; allí platea el río, aquí la flauta del pastor despierta al pueblo. Despunta la mañana; ya hace rato que los demás se han levantado; pero a mi Tania le tiene sin cuidado. No se fija en la aurora, está sentada con la cabeza agachada y no aplica su sello tallado en la carta. La puerta se abre silenciosamente y entra Filipievna con el té.

—Hija mía, es hora de levantarse. Pero ¿ya estás lista, encanto mío? ¡Anoche qué miedo pasé! ¡Gracias a Dios, no estás enferma! No hay resto de la congoja de ayer; tu cara está como una amapola.

—¡Ay niania, hazme un favor!

—Di, querida; ordena.

—No tengas…, ¿verdad?, sospecha alguna; pero verás… ¡Ay!, no me lo niegues.

—Entonces envía a tu nieto secretamente con esta esquela a casa de O***, a aquél, al vecino, y dile que no pronuncie ni una sola palabra, que no me nombre.

—¿A quién, querida mía? Hoy día me he vuelto tonta; alrededor hay muchos vecinos, y no podría nombrarlos a todos.

—¡Qué poco adivinadora eres, niania!


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