Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin —Amiga mÃa, ya soy vieja, y mi inteligencia se vuelve más obtusa, Tania; antes era más activa; a veces la palabra de la voluntad del Señor…
—¡Ay niania, niania! No estoy para esto. ¡Qué fatal me hace tu inteligencia! Tú ves que el asunto trata de la carta de Onieguin.
—Bueno; el hecho es hecho; no te enfades, alma mÃa. Tú sabes que yo soy poco comprensiva. ¿Por qué te has puesto de nuevo pálida?
—Te aseguro que no es nada; anda, manda a tu nieto.
Ahora cuando late su corazón; le duele como antes de una desgracia. ¿Es posible? ¿Cómo pudo suceder? «¿Por qué escribÃ, Dios mÃo?». No se atreve a mirar a su madre; tan pronto arde, tan pronto palidece; todo el dÃa, con la mirada fija, calla, y por cualquier cosa llora y tiembla.
El nieto de la niania vuelve tarde; ha visto al vecino y le ha entregado personalmente la carta.
—Y el vecino, ¿qué?
—Iba a montar a caballo, y se guardó la carta en el bolsillo.
¡Ay! ¿Cómo terminará la novela?
El dÃa pasó y no hubo contestación. Empezó otro; tampoco hubo nada. Pálida como una sombra, vestida desde la mañana, Tatiana espera. ¿Cuándo llegará la respuesta? Llegó el admirador de Olga.