Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—Díganos —preguntó la dueña—: ¿Dónde está su amigo? —y prosiguió—: Parece ser que nos ha olvidado completamente.

Tania se ruborizó y se puso a temblar; Lenski contestó a la viejecita:

—Hoy prometió venir, pero, por lo visto, el correo le retuvo.

Tatiana fijó la mirada como si hubiera oído un reproche mordaz.

Oscurecía. En la mesa, crepitando, el samovar de la noche calentaba la tetera china, bajo la cual flotaba un ligero vapor. Ya bebían el oloroso té, vertido en las tazas con chorro oscuro por la mano de Olga, y el mozo servía la nata. Tatiana estaba ante la ventana respirando sobre los fríos cristales, pensativa, ¡alma mía! Con su lindo dedito escribía en el vidrio empañado las sagradas iniciales enlazadas de O y E.

Entretanto, su alma sufre y su triste mirada está llena de lágrimas. De pronto, oye pasos. Se le hiela la sangre. Se acercan, saltan, y en el patio está Eugenio.


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