Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡Ay! Tatiana, más ligera que el viento, vuela a la otra entrada, de la escalinata al patio y de allà al jardÃn. Corre, corre, y no se atreve a mirar hacia atrás; en un instante cruza los cercados, el puentecillo, el prado, la avenida que va al lago, el bosquecillo; rompe los arbustos de las lilas, pisa las flores, se dirige hacia el riachuelo y, sofocada, se deja caer en el banco.
«Aquà está él, aquà está Eugenio. ¡Oh Dios mÃo! ¿Qué pensará?». Su corazón atormentado guarda un tenue rayo de esperanza; tiembla, arde de fiebre y espera. ¿No vendrá? No se oye nada. Son las sirvientas que recogen en el jardÃn las bayas de los arbustos y que cantan a coro por orden de la dueña. La base de este mandato es entretener los astutos labios en el canto para que no coman a escondidas las frutas de los amos.
EL CANTO DE LAS JÓVENES
¡Oh bellas doncellas!
Queridas amigas y
compañeras: jugad alegres,
cantad una melodÃa,
una melodÃa de amor.
Atraed al muchacho
hacia nuestro jorovod,
y cuando vaya a llegar
todas nos escaparemos.