Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Le tiraremos guindas,
le tiraremos frambuesas,
le tiraremos grosellas,
para que no ose acercarse,
ni escuche nuestros cantos sagrados,
ni se aproxime para admirar
nuestros juegos virginales.
Seguían cantando. Tania las escuchaba con indiferencia, esperando a que se calmen los latidos de su corazón, y a que desaparezca el rubor de sus mejillas. Pero la misma inquietud oprime su pecho; el fulgor de sus mejillas es cada vez mayor. Semeja pobre mariposa cautivada por el travieso colegial, que brilla y se debate con el ala policroma; semeja conejito que tiembla en el sombrío otoño viendo de repente, a lo lejos, entre las matas, al cazador que le apunta. Por fin, suspiró y se levantó del banco: se iba; pero al torcer la avenida, ante ella, en pie cual terrible sombra, se halla Eugenio con ojos brillantes, y ella se para como si el fuego de su mirada la quemase.
Mas hoy, queridos amigos, no estoy con fuerzas para contar el resultado del inesperado encuentro. Después de este largo discurso me hace falta descansar y pasear; más tarde acabaré, alguna vez…