Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Comprendà que las damas, a pesar de admirarnos mucho, en el fondo se aprecian mucho más a sà mismas. Nuestros caprichosos entusiasmos les parecen muy divertidos, y la verdad es que, por nuestro lado, somos imperdonablemente ridÃculos. Al comprometernos imprudentemente, esperamos en recompensa su amor; con desvarÃo lo invocamos, como si fuera posible exigir profundos sentimientos y pasiones de las mariposas y de los lirios. Cuanto menos queremos a la mujer, más le gustamos a ella, y con más seguridad la perdemos en las redes seductoras. En una época la ciencia del amor fue el libertinaje; hablar de sà mismo en todos los sitios y gozar sin amor. Pero esta seria diversión es digna de los viejos verdes, admiramos en tiempos de nuestros abuelos, igual que Lovelace, cuya gloria decayó a la par que los tacones encarnados y las majestuosas pelucas. ¿Quién no se aburre de ser hipócrita, de procurar convencer a los demás con gravedad de algo de lo que ya están todos convencidos, de escuchar las mismas respuestas, de destruir las opiniones que no tuvo ni tiene la niña de trece años? ¿A quién no le cansan las amenazas, súplicas, juramentos, y el miedo fingido, los engaños, el cotilleo, los anillos, las lágrimas, las miradas de las tÃas, la pesada amistad de los maridos?