Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Así exactamente pensaba mi Eugenio; en su primera juventud fue víctima de tempestuosos extravíos y de pasiones desenfrenadas. Mimado por la vida, encantado por algo durante una temporada, desencantado por otra cosa, fatigado del lento deseo y también del éxito fácil, escuchando en silencio y entre la muchedumbre el eterno descontento de su alma y ahogando con risas sus bostezos. Así mató ocho años de su vida, malgastando la mejor época de ella. Ya no se enamoraba de las bellezas y hacía la corte de cualquier forma. Si le decían que no, en un instante se consolaba; le traicionaban, y estaba contento de descansar; las buscaba sin entusiasmo y las dejaba sin compasión, olvidándose casi de su amor y de su maldad. Igual que invitado indiferente que, llegando por la noche para jugar al whist, se sienta; el juego ha terminado, se va, se duerme tranquilamente, y a la mañana siguiente no sabe dónde irá a pasar la noche.

Pero el mensaje de Tania conmovió vivamente a Eugenio; el inocente lenguaje de sus sueños despertó en él muchos pensamientos; se acordó del aspecto triste de la linda Tania y se hundió en un puro y dulce ensueño. Tal vez se apoderó de él por un momento el ardor de los sentimientos pasados; pero no quería burlarse de la confianza de un alma inocente.

Ahora transportémonos al jardín donde Tania se encontró con él. Durante unos minutos guardaron silencio. Por fin, Onieguin se acercó a ella y dijo:


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