Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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«Usted me escribió, no lo niegue; he leído la confiada declaración; el inocente desahogo de amor; su sinceridad me es grata. Vino a turbar sentimientos dormidos hace tiempo; pero no la quiero halagar; y le responderé igualmente con una declaración sin fingimientos. Escuche usted mi confesión; la tomo por juez mío. Si yo quisiera limitar mi existencia a la vida familiar, si el grato destino me hubiera mandado ser un padre, un esposo, si por un instante me sedujese el hogar, puede estar segura de que no buscaría más novia que usted. La diré, sin el brillo de los viejos madrigales, que, habiendo encontrado mi ideal, la escogería a usted como la compañera de mis días tristes, como garantía de todo lo maravilloso; yo sería dichoso… cuanto pudiera.

»Pero no fui creado para el gozo; mi alma lo desconoce. Su perfección no puede hacer nada; no la merezco. Créame: el matrimonio sería un suplicio para nosotros. Por mucho que la amase, al acostumbrarme, dejaría de quererla. ¿Empezaría a llorar? Sus lágrimas no conmoverían mi corazón; solamente me darían rabia. Juzgue usted misma qué rosas nos prepara el himeneo, y tal vez para muchos años.




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