Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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»¿Puede haber algo peor en el mundo que una familia en la que la esposa se aflige por el indigno esposo y está sola día y noche? ¿En la que el aburrido esposo, conociendo su valor —y, sin embargo, maldiciendo al destino—, siempre está callado, con el ceño fruncido, enfadado y fríamente celoso? Así soy yo. ¿Y a semejante individuo buscaba usted, con su alma pura y ardiente, cuando con tal sencillez o con tal inteligencia me escribía? ¿Es posible que le sea designada tal suerte por el destino? Los sueños y los años no tienen retorno; no renovaré mi alma.

»La quiero a usted con amor fraternal y tal vez de una manera aún más tierna. Escúcheme sin enfadarse: la juventud cambia sus sueños por otros más agradables, igual que el árbol renueva sus hojas cada primavera. Está visto que así fue prescrito por el cielo. Amará usted de nuevo; pero aprenda a retener sus ímpetus: no todos la comprenderán como yo; la inexperiencia conduce a la desgracia».

Así sermoneaba Eugenio; Tatiana le escuchaba sin ver a través de las lágrimas, respirando apenas, callada. Él le ofreció su brazo; tristemente, como suele decirse, maquinalmente, Tania, en silencio, se apoyó en él; inclinando con languidez la cabecita, se fue a su casa por el huerto. Entraron juntos, y a nadie se le ocurrió criticarlos por ello; la libertad campestre tiene sus agradables derechos, igual que la altiva Moscú.


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