Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Pero oye, región de Pskoyskaia, refugio de mis años juveniles, país vacío, ¿hay en algún lugar algo tan insoportable como tus señoritas? Notaré a propósito que entre ellas no hay la amabilidad fina de los nobles, ni la simpática ligereza de las coristas. Respetando el espíritu ruso, les hubiera perdonado sus cotilleos, sus fanfarronadas, la gracia de sus bromas domésticas, sus vicios, su suciedad, el descuido de sí mismas, sus maneras afectadas. Pero ¿cómo perdonarles su charla mundana y su torpe etiqueta?

Lector: tú estarás de acuerdo en que nuestro amigo se portó muy bien con la triste Tania. Por primera vez mostró en esto la recta nobleza de su alma, aunque no solía perdonar las malas acciones de los hombres. Sus enemigos, sus amigos —lo que viene a ser lo mismo— le juzgaban de diversos modos. Cualquiera en el mundo tiene enemigos; pero ¡Dios nos libre de los amigos! ¡Ay, estos amigos, estos amigos! ¡No, por nada me acuerdo de ellos! ¿Y qué? Si es así, yo olvido los sueños vacíos y negros; sólo noto, entre paréntesis, que no hay calumnia despreciable, inventada por el mentiroso en la guardilla, que no sea aceptada por la masa de la sociedad; no hay absurdo o epigrama callejero que no repita sonriendo vuestro amigo, sin maldad ni sobre pensamiento alguno, en un círculo de gente honorable; sin embargo, es tu protector, ¡te quiere tanto como un pariente!


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