Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Su padre, trabajando concienzudamente y con nobleza, vivía acosado de deudas; daba tres bailes al año, lo que acabó de arruinarle. No obstante, el destino protegía a Onieguin; al principio le cuidaba una madame, más tarde le reemplazó un monsieur. El niño era travieso, pero simpático. Monsieur l’abbé, un francés pobre, para no atormentar al chiquillo, le enseñaba todo entre bromas, no le aburría con severas reglas de moral, le regañaba levemente por las travesuras y le llevaba de paseo al Jardín de Verano[2].
Cuando llegaron para Eugenio los días de las esperanzas y de la tierna melancolía, los días de la rebelde juventud, echaron a monsieur. He aquí a mi Onieguin en libertad, frecuentando el gran mundo, peinado a la última moda y vestido como un dandy de Londres. Sabía hablar y escribir perfectamente el francés, bailaba muy bien la mazurca y saludaba con elegancia. ¿Qué más queréis? La sociedad decretó que era inteligente y muy simpático.
