Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Onieguin, como Childe Harold, se entrega a una pereza pensativa. En cuanto se despierta, se sienta en un baño en el que flotan trozos de hielo, y después está todo el día en casa, solo, sumido en cálculos; armado del taco, juega desde la mañana por dos al billar. Llega la noche campestre, abandona el billar, olvida el taco; la mesa está puesta ante la chimenea. Eugenio espera; allí viene Lenski en una troika tirada por fogosos caballos. ¡Pronto vamos a cenar!
Enseguida le traen al poeta en una botella helada la veuve Clicquot o el Moët, vino bendito, que brilla como Hipocrene. Con su centelleo y su espuma me seduce; por él di a veces hasta mi último centavo. ¿Os acordáis, amigos? Su mágico chorro creó no pocas tonterías y ¡cuántas bromas, versos, discusiones y alegres sueños! Pero con su ruidosa espuma engaña mi estómago, y hoy día prefiero el razonable bordeaux; ya no sirvo para el aix[30], que es, cual amante brillante, frívola, voluntariosa y vana. Tú, bordeaux, eres semejante al amigo que nos acompaña siempre en el dolor y la tristeza, y en todos los sitios está presto a ayudarnos o a compartir nuestro reposo silencioso. ¡Un viva para nuestro amigo el bordeaux!