Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Se apagó el fuego, y el dorado carbón está cubierto de una tenue capa de ceniza; apenas se percibe el vapor que flota en ondas y la respiración del fuego. El humo de las pipas desaparece por el tubo de la chimenea. Todavía brillan en medio de la mesa las claras copas; la niebla nocturna se levanta…
(Me gustan —aunque no sé cómo pueden existir— las reuniones en las que los amigos cuentan mentiras y beben juntos cual hermanos, no obstante ser el ambiente hostil, como el que reina entre perros y gatos).
Ahora charlan los dos amigos:
—¿Qué hay de nuestros vecinos? ¿Y Tatiana? ¿Y tu jovial Olga?
—Échame otro medio vaso. Gracias, querido. Toda la familia se encuentra bien. Me pidieron que te saludara de su parte. ¡Ay, querido, cómo han embellecido los hombros de Olga! ¡Qué pecho! ¡Qué alma! Algún día iremos a verlos. Estás obligado con ellos; si no, juzga tú mismo: fuiste a verlos dos veces, y, desde entonces, ni siquiera has aparecido por allí. Pero… ¡qué bobo soy! Te han convidado para la semana que viene.
—¿A mí?
—Sí; el sábado es el santo de Tatiana. Olenka y su madre me rogaron que te lo dijera, y no tienes disculpa alguna para rechazar la invitación.
—Pero allí habrá montones de gente de todas clases.