Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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—Nadie, estoy seguro. ¿Quién quieres que haya? Los suyos.

—Ve. ¡Hazme este favor!

—Bueno ¿qué? ¡De acuerdo!

—¡Qué simpático eres!

Y después de estas palabras vació el vaso y se puso a hablar nuevamente de Olga. ¡Así es el amor! Estaba alegre; el plazo feliz quedaba decidido; dentro de dos semanas le esperaban el misterio del lecho conyugal y la dulce corona del amor. No pensaba en las horas de tedio y de bostezos. Entretanto, nosotros, enemigos del himeneo, sólo vemos en la vida familiar una serie de fatigosos cuadros y una novela al estilo de La Fontaine. Mi pobre Lenski, por su corazón, sólo había nacido para una clase de vida. Era amado; al menos, eso se figuraba él, y era feliz. ¡Dichoso mil veces el que está consagrado a la esperanza! Quien, calmando la calculadora inteligencia, reposa en la indolencia del corazón, como el caminante borracho en la posada, o, dicho con más delicadeza, como la mariposa impregnada del néctar de la flor en primavera. Sin embargo, ¡desdichado el que prevé todo, cuya cabeza siempre considera con lucidez; quien mira materialmente todos los movimientos, y las palabras, y cuyo corazón, amargado por la experiencia, no puede olvidar.


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