Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Por un momento cesan las conversaciones, las bocas mastican. En todos sitios se oyen ruidos de platos, de cubiertos, de copas que se entrechocan. Pronto se levanta un alboroto general; nadie escucha, todos hablan, ríen, discuten. Las puertas se abren de par en par; entra Lenski, seguido de Onieguin. «Por fin, ¡alabado sea Dios!», exclama la dueña de la casa. Los invitados se aprietan para dejar sitio a los recién llegados, les traen sillas, les ponen los cubiertos y les ofrecen asiento frente a Tatiana, que está más pálida que la luna matinal y más asustada que un gamo perseguido. No se atreve a levantar sus ojos oscuros; el ardor de la pasión la devora; se ahoga y no se oye las felicidades de los dos amigos, y las lágrimas pugnan por salir de sus ojos. La pobrecilla está a punto de desmayarse; pero su voluntad y su razón se sobreponen, y consigue murmurar entre dientes dos palabras de bienvenida.
Hacía tiempo que Eugenio no podía soportar los desmayos de las jóvenes, sus lágrimas, sus ataques de nervios. ¡Bastante los había aguantado! Al llegar a este festín ya estaba de mal humor; pero, al darse cuenta de la turbación de la doncella; bajó los ojos con pesar y, sumamente enfadado, juró hacer rabiar a Lenski para vengarse de él por haberle traído a este lugar. Ahora, triunfando de antemano, se pone a dibujar en el fondo de su alma la caricatura de todos los invitados.