Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Claro que no solamente fue Eugenio el que se dio cuenta de la turbación de Tania. Pero en aquel momento las miradas y la conversación se concentraban en un mantecoso pirog[38] —que, por desgracia, estaba demasiado salado—. Y he aquí que entre el asado y los postres traen champaña seguido de un batallón de copas altas y delgadas, parecidas a tu talle, Zizi, cristal de mi alma, objeto de mis versos inocentes, atrayente cáliz de amor, tú, la que tantas veces me embriagaste.

Libre del corcho húmedo, dispárase ruidosamente la botella, y el vino burbujea. Atormentado largo rato por el cuplé, monsieur Triquet se levanta con grave además; la reunión guarda profundo silencio, Tatiana está medio muerta. Triquet se dirige hacia ella con una hoja en la mano y se pone a cantar desentonando. Le aclaman con gritos y aplausos; ella viene a sentarse al lado del cantante. Entretanto, Lenski, el modesto, pero gran poeta, alza su copa a la salud de Tania. Empiezan las felicitaciones, los elogios; Tatiana da las gracias. Cuando le llega el turno a Eugenio, el aspecto triste de la joven, su turbación y su cansancio despiertan compasión en su alma: se inclina silencioso ante ella, mientras sus ojos expresan una maravillosa dulzura. ¿Estaba realmente conmovido? ¿Sería una simple muestra de galantería? ¿O tan sólo era buena voluntad? Sea lo que fuese, su mirada infundió esperanzas en el corazón de Tatiana.


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