La hipótesis del amor
La hipótesis del amor Adam la miró directamente, sin rastro de burla. —Sí. Tus datos son sólidos. Tus argumentos también. No dejes que un par de preguntas te hagan dudar.
Por un momento, Olive quiso creerle. Pero su mente no dejaba de repetir las palabras de uno de los profesores que había cuestionado la relevancia de su investigación. Era un ciclo interminable, un ruido constante en el fondo de su cabeza.
—A veces creo que nunca seré lo suficientemente buena —dijo en voz baja, más para sí misma que para Adam.
Él frunció el ceño, pero no respondió de inmediato. Finalmente, dijo: —El problema no es si eres buena o no. El problema es que no te lo crees.
Las palabras de Adam quedaron suspendidas entre ellos como una verdad ineludible. Olive no supo qué responder, así que simplemente miró al horizonte, dejando que el frío calmara el calor que sentía en su interior.
La tensión entre ellos creció en los días siguientes, en pequeños gestos y miradas que ninguno mencionaba. Pero todo llegó a un punto crítico la última noche del congreso, durante una cena formal con otros investigadores.