La hipótesis del amor
La hipótesis del amor En un ataque de pánico puro, Olive, cegada por la adrenalina y el ruido de sus pensamientos, había plantado un beso rápido al primer hombre que encontró en el pasillo. Un acto impulsivo, torpe, que resonó en su mente apenas segundos después de que lo hizo. Fue entonces cuando levantó la vista y lo vio: Adam Carlsen.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Adam, su voz grave y cargada de incredulidad.
La lógica se desmoronó en la cabeza de Olive. Adam era uno de los profesores más temidos y respetados del departamento. Su reputación no solo incluía investigaciones brillantes, sino también una lista interminable de quejas por su carácter frío e implacable. Pero, en ese momento, parecía más perplejo que molesto.
—Yo… —balbuceó ella, sintiendo cómo el calor subía desde su cuello hasta sus mejillas—. Necesitaba… probar algo.
Adam frunció el ceño, y Olive pensó que la atmósfera a su alrededor se había congelado. No había nada cálido en él: ni en sus ojos oscuros ni en su postura rígida. Pero lo que sucedió después la dejó aún más desconcertada.
—De acuerdo —dijo Adam con una tranquilidad que bordeaba en el desafío—. Si quieres seguir con esto, dime qué necesitas.
